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La utilidad del Tai Ji Quan simplificado PDF Imprimir E-Mail

Dentro de los estilos del Tai Ji Quan (TJQ) y obviando las necesidades de reconocer como principales los trabajos de las familias marciales Chen, Yang, Sun y Wu, así como sus correspondientes relaciones por genealogía, podemos reconocer una corriente de trabajo que ha superado con creces las expectativas de los objetivos marciales de sus primeros creadores.

Podríamos hablar de un Tai Ji sin el «Quan» en tanto que la finalidad de esta nueva forma de entender la práctica aboga más por el descubrimiento de conceptos profundos, que tengan repercusión en el equilibrio físico y mental del practicante, en detrimento de la interiorización de patrones marciales de respuesta autónoma y concreción de un contexto de defensa personal, alejados en gran medida de las necesidades profundas de nuestra sociedad actual.

El TJQ es una de las grandes creaciones del ser humano en el ámbito del trabajo corporal. Pocos sistemas han reunido un corpus teórico tan integrado y capaz de representar elementos tan diversos de una misma cultura.

En el TJQ se aglutinan, a través del movimiento del cuerpo y dentro de estructuras prefijadas, los conceptos fundamentales de una filosofía aparentemente tan abstracta como el taoísmo; los principios fundamentales y la coherente organización de la medicina tradicional china (MTC) como sistema preventivo y, en ocasiones, curativo de numerosas dolencias; la visión cosmológica de un sistema que establece toda una filosofía de lo humano como resulta ser el I Ching, y otros muchos elementos propios de esta milenaria cultura relacionados con su ancestral simbología, su caligrafía ideogramática o su numerología.

Estas nuevas perspectivas no nos ponen frente a un nuevo modelo de TJQ, ni abandonan los principios ancestrales recogidos en los estilos tradicionales. Simplemente se centran en recoger todos estos elementos y afinar al máximo sus estructuras para que, pese a una carencia de posibilidades de evolución marcial por la mera práctica ocasional, aporten el resto de componentes que hacen del TJQ un sistema integral, para la recuperación del ser humano en todos los planos que lo conforman o le afectan.

Los principios de la mutación de lo existente, las relaciones entre lo material y lo sutil, la comprensión de las conexiones que provocan una conciencia unificada y un cuerpo integrado como parte indivisible de ésta, entre otros, son los méritos que podemos adjudicarle a un paquete de trabajos espectaculares en lo que podríamos denominar una arqueología actualizante y no destructiva de sistemas psicofísicos tradicionales.

El ser humano del siglo XXI ha desarrollado un enemigo mucho más peligroso que todos a los que se hubiesen podido enfrentar en la antigüedad los diseñadores germinales del sistema. Estamos en la época de la autoagresión. Las enfermedades de tipo autoinmune, el estrés, la desnaturalización social de la vida, la ausencia de patrones morales mínimos desde los que abordar la comprensión coherente de lo que somos; en definitiva, el caos que hemos provocado en nuestro organismo, desde los mensajes perturbadores de una televisión siempre presente hasta la alimentación que nos acompaña en esas visualizaciones condicionadas, repletas de elementos irreconocibles por un organismo que se esfuerza por adaptarse a un agua repleta de otras cosas, a un alimento fruto de la química humana, a un aire plagado de gases y partículas y, sin ánimo de extendernos más en la descripción del panorama, una actividad laboral que dista mucho de producir en el ser humano lo que podríamos denominar simplemente «realización».

Esta autoagresión es constante y comienza a revelarse como una plaga que alimenta todo lo nocivo que finalmente tendrá potencia de exterminio sobre el ser humano. Algo que, si volvemos la vista a los antiguos sistemas de sabiduría, podremos en gran medida parar.

Las soluciones globales pasan inevitablemente por soluciones de tipo individual y personal. El ser humano debe evolucionar interiormente y tomar conciencia de su responsabilidad para consigo mismo. Somos seres de responsabilidad y la primera que tenemos es la de la supervivencia. En un contexto social, esa supervivencia depende completamente de nuestra capacidad para interactuar con el entorno humano que nos rodea a través de un dialogo evolutivo y consciente sobre principios de justicia y equidad.

Este diálogo debe comenzar con nuestro cuerpo, con nuestro ser en todos sus estratos. Conectar las divisiones impuestas por la cultura y la evolución de la raza humana, que señalan al individuo como una agrupación de elementos individuales, ha sido una de las premisas de los antiguos sistemas psicofísicos. La integración en un único ser de los elementos que nos dan la vida: energía (material o sutil), consciencia y espíritu, entendiéndolo todo como un magma único que se expresa en múltiples direcciones, desde nuestra real centralidad interior, es el paso inevitable para que ese centro se expanda en un área evolutiva, que englobe todos estos elementos y que trascienda las fases primitivas del ser en la que, pese a que nos cueste reconocerlo, aún nos encontramos.

Seguimos siendo seres humanos en guerra, seguimos aniquilando especies, seguimos pisando los derechos de los demás en pos de los nuestros. Somos un mundo de primeros, segundos y terceros que no evolucionan por la incapacidad de todos de darnos cuenta que finalmente somos un mismo grupo que pretende sobrevivir y no a costa de todo.

El TJQ, dentro de lo que nos pueda suscitar en una primera impresión visual, es una de las formas más activas que podemos encontrar para comenzar esta reconstrucción. Una reconstrucción que tendrá que ir desde lo más primario y fundamental (la materia) a lo más sutil (el espíritu).

Sus técnicas se adentran en estructuras psicomotrices y biodinámicas óptimas para el descubrimiento de nuestra real conciencia corporal. En ese juego de movimientos entran también en juego las bases anatómicas y sus límites naturales, no para agredirlos o para incrementarlo en desproporciones de difícil equiparación psíquica. Tan sólo se trata de liberar los impedimentos que nos atenazan e impiden que nos movamos con libertad.

Sólo al movernos libremente, nuestra mente puede expresarse en sus reales límites a través del gesto (rostro, manos o cuerpo unificado). Estos movimientos están pensados a su vez para que, en interacción con el sistema bioenergético descrito en los fundamentos de la MTC, podamos descubrir de forma natural los flujos de dicha energía, sus correspondencias orgánicas cuando no, sus manifestaciones ocasionales en forma de calor o sensaciones nunca antes abordadas.

La acción unificada de las fases de movimiento y la aplicación de una lógica respiratoria serán la base que hará que, en una lentitud programada y voluntaria sin represión, consigamos calmar un corazón fuera de ritmo y una mente infinitamente preocupada por lo externo. Curiosamente, en la MTC el binomio mente/corazón se estima como un tándem interrelacionado con gran repercusión sobre el ser en todos los niveles.

Este movimiento lento, coordinado con la respiración, en un estado de calma voluntario, en una biodinámica diseñada para organizar nuestras estructuras corporales con una lógica constructiva y sensible a la circulación bioenergética, puede ser el instrumento idóneo para abordar la búsqueda del equilibrio que tanto necesita el ser humano de nuestro tiempo.

Una mente tranquila es una mente que reflexiona con coherencia si existen unos principios y conceptos fundamentales de lo que significa ser una persona y convivir entre personas. Aceptar, ceder, comprender o escuchar son palabras habituales en el vocabulario de una sesión de TJQ, independientemente de su finalidad marcial o terapéutica.

Un cuerpo movilizado correctamente es un cuerpo que nos permite llegar a nuestros objetivos. Un centro estable es un punto de partida desde el cual toda nuestra vida puede reorganizarse y poner cada cosa en el sitio que le corresponde, de acuerdo con nuestra real naturaleza, esa que tan sólo podremos descubrir cuando los condicionantes que nos enmarcan en patrones humanos predefinidos hayan finalmente desaparecido.

En una sesión de TJQ de lo que denominamos «Tai Ji simplificado», el alumno se enfrenta con numerosos retos desde el principio. Quizá uno de los más importantes es el de asumir o aceptar que el ritmo al que se van a ir produciendo las transformaciones esperadas no es el previsto. Transformaciones que ocurrirán dentro del marco evolutivo natural que le corresponde a cualquier evolución del cuerpo.

El pelo no crece cuando nosotros queremos o al ritmo que prevemos, las nubes o el viento no discurren por el cielo según nuestro interés, todo ocurre dentro de un ciclo natural que, unas veces se ajusta a nuestras expectativas y otras no.

De partida, pues, tenemos que aceptar que las cosas son como son y que la paciencia será nuestra primera asignatura pendiente en constante desarrollo.

Las expectativas deberíamos aparcarlas para poder sorprendernos día a día con las experiencias que vamos obteniendo. Dejar de expectar es dejar de producir elementos desde nuestra limitación para poder dejar entrar otros a los que todavía no podemos anclar ninguna parte experiencial previa.

Sorprenderse forma parte del aprendizaje del TJQ. Muchas personas señalan, después de una sesión, que nunca antes se habían dado cuenta del poco equilibrio que tenían o de lo difícil que les resultaba repetir con el brazo izquierdo los movimientos realizados anteriormente, y sin ninguna dificultad, con el brazo derecho. El calor en las manos, la sensación de vibración en las piernas o la repentina calma y serenidad que invade nuestro ser pueden ser algunas de las experiencias normales en una práctica realizada de forma correcta.

Todas estas sensaciones nos llegarán de igual forma desde el TJQ simplificado simplemente porque su denominada simplificación ha sido una real adaptación realizada por grandes maestros eruditos del arte. Estos maestros, en su profundo conocimiento de los cimientos del sistema, ha desechado elementos de entrenamiento cuya finalidad potencial era la autodefensa, dando relevancia a otros elementos de la práctica tan influyentes como son el tiempo de realización, la economía de espacio, la complejidad psicomotriz de los diferentes elementos corporales implicados en la realización de la técnica, pero sin deshacer las referencias nemotécnicas impresas en los títulos de las técnicas, sus esquemas corporales alternos, la lógica de la respiración y los conceptos filosóficos del trabajo individual y por parejas, elementos de incalculable valor para objetivos relacionados con la salud.

En este tipo de práctica es preciso disfrutar el entrenamiento. Es necesario abordar el trabajo como un momento delicado en el que nos dedicamos a realizar tareas delicadas sobre nosotros mismos sin tensión, sin preocupación, sin expectativas, sin competir, llenos de la armonía que la ausencia de todas estas perturbaciones nos podría provocar.

En su desarrollo no exento de esfuerzos, el practicante no se encontrará sólo con sus limitaciones psicomotrices, su ritmo acelerado o sus expectativas indeseadas, también tendrá que realizar un intenso ejercicio de memoria corporal y visual para adaptarse a las fórmulas de captación de los movimientos y de aprendizaje general que el TJQ requiere. Tendrá que memorizar las técnicas, los enlaces, los límites de amplitud de los movimientos, las respiraciones correspondientes a cada fase, las direcciones del movimiento y la singularidad de cada técnica, para ser capaz de identificarla dentro del grupo ordenado que resulta ser lo que en el TJQ se denomina «forma» o, como lo denominan los chinos Tao Lu.

Estas formas ricas en número y variedad de técnicas, con una amplia oferta de direcciones y desplazamientos, son señaladas como coreografías que requieren unas exigencias mínimas de comprensión y memorización. Es a partir de esta memorización cuando la integración paulatina y constante de conceptos se produce sin descanso.

Por todo lo expuesto, entendemos que el planteamiento del aprendizaje del TJQ no se basa en una acumulación de conocimientos memorizados, se trata más bien de una acumulación de experiencias interactivas que transforman profundamente al individuo hasta convertirlo en un elemento organizado en base a su propia naturaleza, esa que las condiciones que mencionamos al principio, se han empeñado en distorsionar.

Todos estos trabajos para el aprendizaje deben tomarse como una referencia propia de cada sesión de entrenamiento en la que el esfuerzo en cualquier sentido (memorización, concentración, trabajo físico, elongación, coordinación psicomotríz, etc.), es la única garantía de prosperidad del trabajo, a la vez que la base donde aplicar los principios que queremos consolidar (relajación, paciencia, ausencia de expectativas, comprensión, interacción, dominio, equilibrio y felicidad).

 

 
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