ARTÍCULOS
LA PRÁCTICA MARCIAL
La utilidad del Tai Ji Quan simplificado | La utilidad del Tai Ji Quan simplificado |
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| Escrito por F.J. Soriano | |
| Monday, 23 de November de 2009 | |
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Dentro de
los estilos del Tai Ji Quan (TJQ) y obviando las
necesidades de reconocer como principales los trabajos de las familias
marciales Chen, Yang, Sun y Wu, así como sus correspondientes relaciones por
genealogía, podemos reconocer una corriente de trabajo que ha superado con
creces las expectativas de los objetivos marciales de sus primeros creadores. Podríamos
hablar de un Tai Ji sin el «Quan» en tanto que la finalidad de esta nueva
forma de entender la práctica aboga más por el descubrimiento de conceptos
profundos, que tengan repercusión en el equilibrio físico y mental del
practicante, en detrimento de la interiorización de patrones marciales de
respuesta autónoma y concreción de un contexto de defensa personal, alejados en
gran medida de las necesidades profundas de nuestra sociedad actual. El TJQ es
una de las grandes creaciones del ser humano en el ámbito del trabajo corporal.
Pocos sistemas han reunido un corpus teórico tan integrado y capaz de
representar elementos tan diversos de una misma cultura. En el TJQ
se aglutinan, a través del movimiento del cuerpo y dentro de estructuras
prefijadas, los conceptos fundamentales de una filosofía aparentemente tan
abstracta como el taoísmo; los principios fundamentales y la coherente
organización de la medicina tradicional china (MTC) como sistema preventivo y,
en ocasiones, curativo de numerosas dolencias; la visión cosmológica de un
sistema que establece toda una filosofía de lo humano como resulta ser el I
Ching, y otros muchos elementos propios de esta milenaria cultura
relacionados con su ancestral simbología, su caligrafía ideogramática
o su numerología. Estas
nuevas perspectivas no nos ponen frente a un nuevo modelo de TJQ, ni abandonan
los principios ancestrales recogidos en los estilos tradicionales. Simplemente
se centran en recoger todos estos elementos y afinar al máximo sus estructuras
para que, pese a una carencia de posibilidades de evolución marcial por la mera
práctica ocasional, aporten el resto de componentes que hacen del TJQ un
sistema integral, para la recuperación del ser humano en todos los planos que
lo conforman o le afectan. Los
principios de la mutación de lo existente, las relaciones entre lo material y
lo sutil, la comprensión de las conexiones que provocan una conciencia
unificada y un cuerpo integrado como parte indivisible de ésta, entre otros,
son los méritos que podemos adjudicarle a un paquete de trabajos espectaculares
en lo que podríamos denominar una arqueología actualizante
y no destructiva de sistemas psicofísicos tradicionales. El ser
humano del siglo XXI ha desarrollado un enemigo mucho más peligroso que todos a
los que se hubiesen podido enfrentar en la antigüedad los diseñadores
germinales del sistema. Estamos en la época de la autoagresión. Las
enfermedades de tipo autoinmune, el estrés, la desnaturalización social de la
vida, la ausencia de patrones morales mínimos desde los que abordar la
comprensión coherente de lo que somos; en definitiva, el caos que hemos
provocado en nuestro organismo, desde los mensajes perturbadores de una
televisión siempre presente hasta la alimentación que nos acompaña en esas
visualizaciones condicionadas, repletas de elementos irreconocibles por un
organismo que se esfuerza por adaptarse a un agua repleta de otras cosas, a un
alimento fruto de la química humana, a un aire plagado de gases y partículas y,
sin ánimo de extendernos más en la descripción del panorama, una actividad
laboral que dista mucho de producir en el ser humano lo que podríamos denominar
simplemente «realización». Esta
autoagresión es constante y comienza a revelarse como una plaga que alimenta
todo lo nocivo que finalmente tendrá potencia de exterminio sobre el ser
humano. Algo que, si volvemos la vista a los antiguos sistemas de sabiduría,
podremos en gran medida parar. Las
soluciones globales pasan inevitablemente por soluciones de tipo individual y
personal. El ser humano debe evolucionar interiormente y tomar conciencia de su
responsabilidad para consigo mismo. Somos seres de responsabilidad y la primera
que tenemos es la de la supervivencia. En un contexto social, esa supervivencia
depende completamente de nuestra capacidad para interactuar con el entorno
humano que nos rodea a través de un dialogo evolutivo y consciente sobre
principios de justicia y equidad. Este
diálogo debe comenzar con nuestro cuerpo, con nuestro ser en todos sus
estratos. Conectar las divisiones impuestas por la cultura y la evolución de la
raza humana, que señalan al individuo como una agrupación de elementos
individuales, ha sido una de las premisas de los antiguos sistemas psicofísicos.
La integración en un único ser de los elementos que nos dan la vida: energía
(material o sutil), consciencia y espíritu, entendiéndolo todo como un magma
único que se expresa en múltiples direcciones, desde nuestra real centralidad
interior, es el paso inevitable para que ese centro se expanda en un área
evolutiva, que englobe todos estos elementos y que trascienda las fases
primitivas del ser en la que, pese a que nos cueste reconocerlo, aún nos
encontramos. Seguimos
siendo seres humanos en guerra, seguimos aniquilando especies, seguimos pisando
los derechos de los demás en pos de los nuestros. Somos un mundo de primeros,
segundos y terceros que no evolucionan por la incapacidad de todos de darnos
cuenta que finalmente somos un mismo grupo que pretende sobrevivir y no a costa
de todo. El TJQ,
dentro de lo que nos pueda suscitar en una primera impresión visual, es una de
las formas más activas que podemos encontrar para comenzar esta reconstrucción.
Una reconstrucción que tendrá que ir desde lo más primario y fundamental (la
materia) a lo más sutil (el espíritu). Sus
técnicas se adentran en estructuras psicomotrices y biodinámicas óptimas para
el descubrimiento de nuestra real conciencia corporal. En ese juego de
movimientos entran también en juego las bases anatómicas y sus límites
naturales, no para agredirlos o para incrementarlo en desproporciones de
difícil equiparación psíquica. Tan sólo se trata de liberar los impedimentos
que nos atenazan e impiden que nos movamos con libertad. Sólo al
movernos libremente, nuestra mente puede expresarse en sus reales límites a
través del gesto (rostro, manos o cuerpo unificado). Estos movimientos están
pensados a su vez para que, en interacción con el sistema bioenergético
descrito en los fundamentos de la MTC, podamos descubrir de forma natural los
flujos de dicha energía, sus correspondencias orgánicas cuando no, sus
manifestaciones ocasionales en forma de calor o sensaciones nunca antes
abordadas. La acción
unificada de las fases de movimiento y la aplicación de una lógica respiratoria
serán la base que hará que, en una lentitud programada y voluntaria sin
represión, consigamos calmar un corazón fuera de ritmo y una mente
infinitamente preocupada por lo externo. Curiosamente, en la MTC el binomio
mente/corazón se estima como un tándem interrelacionado con gran repercusión
sobre el ser en todos los niveles. Este
movimiento lento, coordinado con la respiración, en un estado de calma
voluntario, en una biodinámica diseñada para organizar nuestras estructuras
corporales con una lógica constructiva y sensible a la circulación
bioenergética, puede ser el instrumento idóneo para abordar la búsqueda del
equilibrio que tanto necesita el ser humano de nuestro tiempo. Una mente
tranquila es una mente que reflexiona con coherencia si existen unos principios
y conceptos fundamentales de lo que significa ser una persona y convivir entre
personas. Aceptar, ceder, comprender o escuchar son palabras habituales en el
vocabulario de una sesión de TJQ, independientemente de su finalidad marcial o
terapéutica. Un cuerpo
movilizado correctamente es un cuerpo que nos permite llegar a nuestros
objetivos. Un centro estable es un punto de partida desde el cual toda nuestra
vida puede reorganizarse y poner cada cosa en el sitio que le corresponde, de acuerdo
con nuestra real naturaleza, esa que tan sólo podremos descubrir cuando los
condicionantes que nos enmarcan en patrones humanos predefinidos hayan
finalmente desaparecido. En una
sesión de TJQ de lo que denominamos «Tai Ji simplificado», el alumno se enfrenta con numerosos retos
desde el principio. Quizá uno de los más importantes es el de asumir o aceptar
que el ritmo al que se van a ir produciendo las transformaciones esperadas no
es el previsto. Transformaciones que ocurrirán dentro del marco evolutivo
natural que le corresponde a cualquier evolución del cuerpo. El pelo
no crece cuando nosotros queremos o al ritmo que prevemos, las nubes o el
viento no discurren por el cielo según nuestro interés, todo ocurre dentro de
un ciclo natural que, unas veces se ajusta a nuestras expectativas y otras no. De
partida, pues, tenemos que aceptar que las cosas son como son y que la
paciencia será nuestra primera asignatura pendiente en constante desarrollo. Las
expectativas deberíamos aparcarlas para poder sorprendernos día a día con las
experiencias que vamos obteniendo. Dejar de expectar
es dejar de producir elementos desde nuestra limitación para poder dejar entrar
otros a los que todavía no podemos anclar ninguna parte experiencial
previa. Sorprenderse
forma parte del aprendizaje del TJQ. Muchas personas señalan, después de una
sesión, que nunca antes se habían dado cuenta del poco equilibrio que tenían o
de lo difícil que les resultaba repetir con el brazo izquierdo los movimientos
realizados anteriormente, y sin ninguna dificultad, con el brazo derecho. El
calor en las manos, la sensación de vibración en las piernas o la repentina
calma y serenidad que invade nuestro ser pueden ser algunas de las experiencias
normales en una práctica realizada de forma correcta. Todas
estas sensaciones nos llegarán de igual forma desde el TJQ simplificado
simplemente porque su denominada simplificación ha sido una real adaptación
realizada por grandes maestros eruditos del arte. Estos maestros, en su
profundo conocimiento de los cimientos del sistema, ha desechado elementos de
entrenamiento cuya finalidad potencial era la autodefensa, dando relevancia a
otros elementos de la práctica tan influyentes como son el tiempo de
realización, la economía de espacio, la complejidad psicomotriz
de los diferentes elementos corporales implicados en la realización de la
técnica, pero sin deshacer las referencias nemotécnicas impresas en los títulos
de las técnicas, sus esquemas corporales alternos, la lógica de la respiración
y los conceptos filosóficos del trabajo individual y por parejas, elementos de
incalculable valor para objetivos relacionados con la salud. En este
tipo de práctica es preciso disfrutar el entrenamiento. Es necesario abordar el
trabajo como un momento delicado en el que nos dedicamos a realizar tareas
delicadas sobre nosotros mismos sin tensión, sin preocupación, sin
expectativas, sin competir, llenos de la armonía que la ausencia de todas estas
perturbaciones nos podría provocar. En su
desarrollo no exento de esfuerzos, el practicante no se encontrará sólo con sus
limitaciones psicomotrices, su ritmo acelerado o sus expectativas indeseadas,
también tendrá que realizar un intenso ejercicio de memoria corporal y visual
para adaptarse a las fórmulas de captación de los movimientos y de aprendizaje
general que el TJQ requiere. Tendrá que memorizar las técnicas, los enlaces,
los límites de amplitud de los movimientos, las respiraciones correspondientes
a cada fase, las direcciones del movimiento y la singularidad de cada técnica,
para ser capaz de identificarla dentro del grupo ordenado que resulta ser lo
que en el TJQ se denomina «forma» o, como lo denominan los chinos Tao Lu. Estas
formas ricas en número y variedad de técnicas, con una amplia oferta de
direcciones y desplazamientos, son señaladas como coreografías que requieren
unas exigencias mínimas de comprensión y memorización. Es a partir de esta
memorización cuando la integración paulatina y constante de conceptos se
produce sin descanso. Por todo
lo expuesto, entendemos que el planteamiento del aprendizaje del TJQ no se basa
en una acumulación de conocimientos memorizados, se trata más bien de una
acumulación de experiencias interactivas que transforman profundamente al
individuo hasta convertirlo en un elemento organizado en base a su propia
naturaleza, esa que las condiciones que mencionamos al principio, se han
empeñado en distorsionar. Todos
estos trabajos para el aprendizaje deben tomarse como una referencia propia de
cada sesión de entrenamiento en la que el esfuerzo en cualquier sentido
(memorización, concentración, trabajo físico, elongación, coordinación psicomotríz, etc.), es la única garantía de prosperidad del
trabajo, a la vez que la base donde aplicar los principios que queremos
consolidar (relajación, paciencia, ausencia de expectativas, comprensión,
interacción, dominio, equilibrio y felicidad). |
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