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La práctica continua del Tai Ji Quan PDF Imprimir E-Mail

 

Los comienzos siempre resultan difíciles, aunque se trate de algo que decidimos hacer por voluntad propia sin más compromiso que nuestro propio interés.

Al iniciarnos en el Tai Ji Quan (TJQ), contamos con la energía extra que nos proporciona, por un lado, el entusiasmo natural por lo novedoso y, por el otro, la curiosidad por adentrarnos en un mundo nuevo, tanto de sensaciones y experiencias como de expectativas desconocidas.

El abordaje del estudio del TJQ no resulta fácil. Estamos ante un sistema que requiere, como todos los estilos marciales en general, mucha práctica y constancia para su desarrollo.

Parafraseando el octavo hexagrama de[M1] l Ching[1], asumiremos que precisamos tener elevación, duración y perseverancia para adentrarnos en este sistema y poder comprender su magnitud real, algo que parece no ser deseado así por todo el mundo.

Esta dificultad con lo que nos encontramos al comienzo del entrenamiento y la práctica, va acompañándose, progresivamente, de cuestiones que nos surgirán en la medida en la que nuestras energías de sensaciones, experiencias y novedades, se vayan agotando precisamente por su necesidad de trascendencia a otros niveles.

En este orden de cuestiones, podríamos sintetizar dos de ellas que, ante todo, deberían ser resueltas para poder mantener la energía psíquica precisa para que nuestro esfuerzo diese los frutos que esperamos de él.

En primer lugar nos preguntamos ¿qué busca realmente el practicante actual de TJQ? y, en segundo lugar ¿qué necesidad real de introducirse en los contenidos más profundos de este sistema tiene alguien que pretende, exclusivamente, unos beneficios para su salud a partir de la práctica?

El practicante «tipo» de nuestro tiempo es muy diverso y sería extremadamente complejo definir un patrón de intereses comunes en la práctica del TJQ, al tratarse de un elemento con tantas líneas de interpretación diferentes. Pero, omitiendo esta intención de definición, sí podemos observar que algunos de los intereses mayoritarios, en las personas que se aproximan a los centros en los que se imparte esta modalidad, son los de mejorar su salud, combatir el estrés, moverse pero sin demasiado esfuerzo físico y, en la misma línea, disfrutar de un movimiento estéticamente agradable y apacible.

Podemos ver que todos estos puntos van en una dirección muy definida que parece antagónica frente a las imágenes que proyectan sobre la práctica los antiguos manuscritos de este arte marcial.

Todos los grandes maestros de nuestro tiempo coinciden en afirmar que la práctica rutinaria de los movimientos simplificados del TJQ proporciona enormes beneficios para la salud y que, realmente, no se requiere un estudio en profundidad del sistema para que estos beneficios se produzcan. Esta afirmación no entra en conflicto con la visión de los maestros más ortodoxos que, en su práctica diaria, insisten en la necesidad de integrar los conceptos del sistema en todos aquellos elementos de nuestra vida que sean susceptibles de adoptarlos.

Podríamos concretar que el practicante actual está preocupado por mejorar su calidad de vida y que, en la información que se ha difundido hasta ahora del TJQ, éste se presenta como un sistema óptimo para mejorar en este sentido, lo cual es realmente cierto.

Volvamos a la segunda cuestión: ¿Qué necesidad real hay de profundizar o ir más allá de una práctica ocasional?

Veamos, si nuestro entrenamiento cumple el objetivo propuesto a través de un par de sesiones de entrenamiento guiado a lo largo de la semana, seguramente no tendremos que responder a este punto, bastará con mantener la constancia en el trabajo y punto.

Sin embargo, en el caso de que la práctica continuada nos presente cuestiones más profundas, seguramente tendremos que abordar la cuestión para generar las respuestas motivadoras precisas; aquellas que guíen nuestra energía psíquica en el camino del esfuerzo hasta la comprensión y motivación real de nuestra búsqueda.

¿A qué nos referimos entonces? Básicamente precisamos introducirnos en el sistema en la medida que nuestra práctica nos lo vaya requiriendo y, este requerimiento, tendrá mucho que ver con los efectos que, a todos los niveles de nuestro ser, producirá el simple trabajo estructural, corporal y respiratorio del TJQ.

En esta lógica, bastaría dejar que las cosas ocurriesen y, a partir de ahí, responder con naturalidad a los estímulos del entrenamiento, tanto al nivel de mantener la práctica, como al nivel de determinar un mayor compromiso con nuestra búsqueda personal dentro del entrenamiento.

Quizá el único requisito que para ambas cuestiones sería exigible, tanto en la práctica habitual sin profundizaciones, como en el estudio concienzudo de las raíces más profundas, sería la constancia en el entrenamiento como condición fundamental para que el resultado sea satisfactorio a nuestras pretensiones iniciales.

Aunque tiene un sentido metafórico, muchos maestros coinciden en afirmar que un día de práctica es un día que ganamos en evolución y un día sin práctica equivale a 10 días de pérdida.

Esta afirmación no es realmente una exageración. Toda la teoría moderna del entrenamiento deportivo apunta en esa dirección y, en cualquier caso, siempre se recomienda una constancia en el entrenamiento para conseguir una mejora de rendimiento y una progresión en los objetivos fijados por medio del sistema utilizado para entrenarnos.

El TJQ es un entrenamiento, con muchas finalidades, muchas posibilidades, mucha cultura y sociedad a sus espaldas, pero no deja de ser un entrenamiento en el que el reencuentro con el ser real que somos aparece, en latitudes elevadas, como el máximo objetivo de la práctica marcial.

Por este motivo tenemos que plantearnos si, realmente, podemos o no permitirnos el lujo de mantener una constancia de entrenamiento de tan sólo dos horas o tres a la semana y, sobre todo, revisar realmente qué tipo de excusa nos estamos poniendo para evitar el relativo esfuerzo que este tipo de entrenamiento requiere.

La práctica no tiene descansos al igual que la vida no para de transformarse siguiendo las leyes de la naturaleza. Realmente no hay un motivo para dejar de practicar, no hay una excusa que justifique que dejemos de dedicar a nuestro interior dos o tres horas a la semana.

Todas las horas que dediquemos al entrenamiento serán productivas para abordar otras actividades con más agilidad física y mental, con mejor estado de salud y con más ilusión y alegría. Todo lo que invirtamos en desarrollarnos interiormente son futuras píldoras que evitamos tomar para el estrés, el insomnio, la tristeza, la depresión y otras muchas dolencias que, con un poco de esfuerzo, pueden evitarse.

¿A qué se debe pues el absentismo que se sufre en muchas escuelas tradicionales de práctica? En numerosas conversaciones entre profesores de diferentes estilos, hemos podido observar que existe una crítica de base a la actitud del practicante occidental. El hecho de que seamos una cultura que se basa en novedades, cambios de moda, evolución estética, transformación vertiginosa de los valores sociales y económicos, nos hace proclives al abandono de todo aquello que parezca ser una rutina o, en última instancia, que plantee la energética motivacional en plazos relativamente reducidos.

En boca de algunos grandes maestros, somos unos continuos comenzantes. Aunque la palabra no sea muy acertada, su finalidad define perfectamente nuestro estado de compromiso, no ya con cualquier práctica, sino con nosotros mismos.

Lejos de extremismos y obsesiones, deberíamos afrontar la realidad de lo que somos: seres impermanentes pero con necesidades continuas. No podemos dejar de beber y de comer, de respirar, de dormir ni de relacionarnos. Nuestra vida está plagada de rutinas imprescindibles en el contexto de lo existencial. Introducir otras rutinas a veces se ve justificado bajo un estipendio remunerativo. Trabajamos ocho horas al día por un sueldo, estudiamos otras tantas para conseguir un empleo o desarrollamos una profesión que tendrá, incluso en los casos más vocacionales, un interés de manutención para la vida. Realmente, si nos paramos a pensarlo, las rutinas que somos capaces de mantener son aquellas que nos aseguran una economía y, por ende, una supervivencia.

Llegados a este punto, resultaría casi imprescindible, lejos de todo dogmatismo, plantearse las cosas desde otro punto de vista. El ser humano está vivo, necesita moverse, respirar, sentir, evolucionar en lo físico y en lo psíquico. La vida no puede ser una mera supervivencia cuando la consciencia nos ha invadido hasta este punto. Comprendemos, sentimos, somos conscientes, una realidad que, citando a Teilhard de Chardin, nos configura como un fenómeno existencial en el contexto del universo. Todo estos atributos, todas estas pretensiones de conciencia, no pueden quedarse en las superficies de lo que nos venden, no pueden resumirse en un comprar y vender desde que nacemos hasta que nos morimos.

Necesitamos fortalecer otros valores que nos permitan vivir más sanos y felices, que nos ayuden a comprender la real naturaleza del ser humano que, en última instancia, no es ni bueno ni malo de raíz, es ante todo un ser que decide lo que quiere ser. Este libre albedrío deberíamos ejercerlo desde la comprensión de nuestra real naturaleza, nuestro real sentido y nuestras reales necesidades, para poder caminar libremente en la dirección que esa naturaleza y sentido nos marcan.

No sabemos exactamente a dónde vamos, pero sin ninguna duda «somos» y marchamos de forma consciente por la vida.

El Tai Ji Quan, como cualquier arte marcial tradicional, no se nutre de un compendio técnico a partir del cual aprender a destrozar a otras personas. Como sistema busca en las raíces más profundas del ser humano su naturaleza real, nos enfrenta a través del movimiento consciente, de la respiración consciente y del enraizamiento en un presente que discurre sin interrupciones, con lo que realmente somos. Lo que podemos ser es una constante que se perpetúa a través del día a día de nuestra vida.

Vamos y venimos, pero lo humano permanece y evoluciona a través de unos valores que cada vez se pierden más en la amalgama de novedades con la que nuestra sociedad nos bombardea. No debemos verlo como algo negativo, pero sí necesitamos preservar nuestra realidad interior para no vivir a merced de estas tendencias que no tienen que ver con el ser humano realmente; tienen que ver con una sistemática de ventas y productividad que difiere mucho de las necesidades reales de cualquier persona normal.

Practicar a diario, no sólo es un acto de voluntad y motivación; es una apuesta por nuestra capacidad de decidir y de instaurar patrones en nuestra vida que nos ayuden a desarrollarnos. Un día de práctica es realmente un día ganado a la desidia. Es un día empleado en demostrarnos a nosotros mismos que realmente somos los que decidimos. Es una hora en la que, lejos de cualquier tendencia, estamos dónde queremos estar, en la convicción de que el tiempo empleado en ello es un elemento de refuerzo para nuestra búsqueda real en la vida.

No practicamos exclusivamente para ser más fuertes, valientes y decididos. Practicamos a diario para sentirnos en conexión con nuestro cuerpo. No hay descanso en nuestra necesidad de sentirnos reales, como no puede descansar nuestro corazón en el trayecto que dura la vida. Comprender este vínculo entre la naturaleza incansable de nuestro corazón y el sentido de nuestra motivación existencial en la vida nos aportará toda la energía que necesitamos para vivirla en felicidad, en salud, en amistad y en desarrollo personal a través de una práctica como el TJQ.

 



[1] El texto más antiguo de la cultura China en el que se interpretan los movimientos cíclicos de la energía en su discurrir por el universo manifestado. Su lectura puede tener un enfoque como oráculo y otro de conocimiento y sabiduría sobre todas las condiciones que afectan a la vida de los seres humanos. La versión en castellano más extendida es la del sinólogo Richard Wilhelm, en cuyo texto se acompañan comentarios explicativos para comprender la profundidad de los 64 hexagramas arquetípicos de los que se compone el texto.


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