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EL ARBOL PDF Imprimir E-Mail

El árbol

 

No era una persona especial, no cabía la menor duda que sus cualidades pasaban por alto para todo el que dedicaba un instante a la observación de su figura, frágil, marcada por el deshielo de los años en pequeños surcos que ofrecían el espectáculo de pasadas sonrisas y de futuras esperanzas.

Sus mejillas sonrosadas y su pelo frágil como el resto de su cuerpo lo anunciaban como un hombre con más edad que la otorgada por sus años. Nunca le importó parecer mayor de lo que en verdad era. Sabía que la edad, como todo lo que le rodeaba era algo muy, muy relativo. La moda era un error de cálculo en las vidas de las personas y él había decidido no seguir equivocándose. Se limitaba a utilizar las ropas que mejor cubrían su desnudez y que mejor le protegían de los rigores de un invierno que parecía no tener fin.

Era un gran esperador de lo venidero, sabía cómo y cuándo llegaría todo. Todo a su momento, solía decirles a sus amigos que habían decidido prescindir de la habitualidad de su presencia en un intento de no contagiarse de la terrible enfermedad que había contraído, la lucidez absoluta.

Ahora vivía solo. Su vida había cambiado tan profundamente en apenas dos años que ahora el resto de ella parecía no existir. Sus pantalones de pana marrón y la rebeca de lana tejida por su tía, larga, demasiado larga para ayudarle en su anonimato, lo situaban en una época ya muy anterior a la presente. Caminaba tranquilo, la prisa no podía abastecerse de él y lo dejaba pasar.

 Algunos podrían haber dicho de él que era un loco. Querer pasar inadvertido le restaba a veces la posibilidad de hacer lo que quería, pero en ocasiones uno tiene que dar algo a cambio de lo que pretende.

Aquella mañana, húmeda como las últimas semanas lo habían sido, se sentía feliz de que la brisa le rociara una y otra vez con partículas imperceptibles. Se paró en mitad del paseo a limpiar sus gafas con el pañuelo que, después de tantos años, todavía conservaba las iniciales de su apellido, bordadas por las primorosas manos de su madre que ya lo había abandonado dos años atrás. Una vez más el pañuelo guiado por el pasado, intentaba penetrar en sus recuerdos para hacerle sufrir pensando que su madre ya no estaba, que su vida cada vez más, comenzaba a vaciarse del contenido humano que pensamos que soporta nuestra existencia. Pero él ya había vencido muchas otras veces esas lides y ahora se limitaba a doblarlo con el cuidado que aquel recuerdo familiar requería.

Estaba solo, no tenía ya padres. Éstos no habían disfrutado de la gracia de proporcionarle los hermanos que en otros tiempos le hubiese gustado tener. No tenía ya familia visible. Quizá esa falta de calor maternal, esa falta de familia profunda y de calor incondicional, le hizo que llegara hasta las mismísimas raíces del que era ahora su mejor amigo y su única familia.

Le llamaba Tristán y era un hermoso Ficus que guardaba sereno y vivaz la pequeña parcela de sombra que delimitaba su copa. Desde que su madre falleció, no había dejado de ir a visitarlo ni un solo día. Dos años de visitas diarias y de conversaciones que podían haberlo elevado tanto como sus pretensiones de santidad lo hubiesen querido alzar. Pero él era distinto. No pretendía nada y quizá por ello lo tenía todo, no ambicionaba ningún bien ni ninguna ilusión más que disfrutar durante todas las mañanas de su vida de la compañía y de la conversación magnífica que su amigo le proporcionaba.

Solía sentarse en un pequeño banco de piedra que había perdido ya los matices de la talla de tantos años de inclemencias. Su primer encuentro fue algo difícil de admitir. Tristán lloraba de pena igual que él, una simple persona, mucho más simple que el resto, tan simple que en aquel instante se sentía nada. Recordó entre lágrimas sus momentos pasados en la infancia, los momentos dulces de los amaneceres traídos a su cama con una caricia y un gesto amable. Su madre lo quería, lo quería como él pensó que jamás lo querría nadie; quizá esa fue una de las causas que impidieron que ninguna mujer llamase a su puerta durante tanto tiempo. Ninguna era mejor que ella. Lo cuidaba, le contaba hermosas historias en las que él solía ser el protagonista.

Ella era alguien muy especial. Desde que su padre los dejó víctima de aquella inesperada, rápida y certera enfermedad que lo devoró en apenas unas semanas, no había dejado ni un solo instante de repetirle que su padre no había muerto; insistía en hablar con él como si aún existiese y consiguió diluir el dolor de su pérdida de tal forma que él llegó a creer que su espíritu estaba siempre junto a ellos dos.

Cuando ella se fue, él comprendió qué duras debieron ser sus solitarias noches. Ese sufrimiento jamás le fue revelado por su madre. Guardó su sufrir para proteger su felicidad infantil. Lo supo en aquel momento como si, en la pérdida de los seres queridos, los balances de dios y del destino nos enviaran un resumen de lo maravilloso de sus vidas y de lo oculto que, víctimas de nuestro egoísmo o nuestra incapacidad, no fuimos capaces de ver en su momento.

Lloró su pérdida con tanta intensidad que pensó que todo había terminado. Aquel árbol había comprendido su dolor, su tristeza sincera y se decidió a comunicarse con él. Resulta difícil detallar estas conversaciones ya que se hicieron sin el uso de la palabra. Era una constante transmisión de sentimientos en un canal imperceptible mediante el cual los corazones del hombre y del árbol se alimentaban mutuamente. Sólo él podía explicarlo y así lo hizo en su diario, lo único que nos dejó y por lo que podemos conocer parte de su historia.

Tristán era un ejemplar muy antiguo. Su plantación en aquel lugar no fue ocasional. Un minero emigrado de otras tierras lo había traído en una simple maceta cuando apenas era un niño. Las posibilidades de haber sobrevivido a ese viaje se planteaban escasas. Había decidido traerlo junto al resto de su familia por ser la única fuente de vida natural que les había acompañado en las duras y áridas tierras de las minas. Ahora, le debían la gratitud de haberle ofrecido su color, su oxígeno en una casa que a veces parecía carecer de él.

El viaje fue largo y malogrado, tanto que la hija menor del minero falleció durante el viaje. Cuando ella murió, su padre creyó volverse loco y se maldijo a sí mismo por la vida que le había dado y que había causado su muerte. La fuga, la escapada a la desesperada en busca de otra vida había sido recetada por el médico de la comunidad de mineros. Si ella hubiese seguido allí la esperanza habría fallecido mucho antes. A veces el irónico destino nos hace lamentarnos de las decisiones que tomamos y de las que dejamos de tomar. En su caso, todo fueron lamentos por una muerte que, a los ojos de los médicos que la vieron, resultaba acaso inevitable.

Su padre decidió enterrarla en una noche de luna llena, oculto de las legalidades que a veces impiden lo más obvio y personal. La enterró en aquel apartado y recóndito lugar y sembró sobre su tumba aquel arbolito que les había acompañado en la travesía del océano, que había sido testigo de la extinción de su pequeño corazón. Su padre quería que no estuviese sola, que volviese a jugar junto a aquella planta que tantas veces había sido testigo de sus infantiles historias entre muñecas y cajas de cartón dibujadas torpemente por su madre.

Tristán se convirtió así en el eterno compañero de la pequeña Rosa. La cubrió con sus raíces y le dio todo el calor del sol y todo el amor que sólo un árbol es capaz de dar a quien puede sentirlo. Ella lo sentía y él lo sabía. Aunque ya no estaba en el cuerpo sobre el que Tristán se asentaba, su espíritu había decidido acompañar a su amigo vegetal en los lustros que durara su vida de contemplación.

La ciudad había crecido tanto que acabó llegando a las orillas de sus sombras y antes de su tala, las importantes personas que deciden estas importantes cosas, decidieron que aquel enorme y hermoso árbol debía ser protegido de lo civilizado, qué linda ironía, y lo incluyeron como el eje central de un proyecto denominado «pequeño bosque».

Sin saber cómo, Tristán pasó de ser un árbol solitario en un descampado verde a ser el rey de un conjunto de amigos llevados allí por la fuerza para crear lo que la naturaleza no hubiese podido crear sin la mano del hombre, otra vez las ironías. Pudo sentir como todo iba cobrando una forma especial de vida que finalmente se consolidó como un tranquilo y hermoso lugar al que muchos llegaban para sentirlos, a él y a sus otros amigos llevados allí por manos expertas en el arte de reubicar la vida.

Ahora se encontraba frente a ese hombre menudo, frágil, débil y solitario. Recordó al padre de Rosa que también lloró frente a su tronco. Había pasado mucho tiempo pero el sentimiento de dolor era muy similar, tanto que por un instante dudó sobre el tránsito del tiempo y creyó haber vuelto al pasado.

Lo vio y le habló, le contó su historia, de cómo había llegado a esas tierras y por qué podía hablarle. Era un árbol bendecido por las manos de dios. Al principio se resistió a escuchar el discurso de Tristán, pero éste resonaba en su pensamiento con tanta contundencia que no podía dejar de comprender el mensaje de la planta. Tardó un poco en habituarse a este lenguaje, a esta posibilidad de comunicación, pero finalmente su pensamiento se derrumbó y el alma se encargo del sentimiento. Comenzó a hacerle preguntas que el árbol, sabio por sus cientos de años de vivir viendo la vida, le respondía haciéndole ver lo maravilloso que es vivir.

Nunca podía haberse imaginado que una planta pudiese ser su cómplice en la aparente broma que llamaban vida. Hablaban del amor, de la codicia del ser humano, de la tristeza de las pérdidas, del calor, de los gobiernos. No había un sólo tema que no se atreviesen a abarcar. A veces, habían transcurrido horas y él apenas se había percatado del paso del tiempo. Su silencio y su mirada fija en el tronco de aquel hermoso ejemplar de Ficus, lo convertían en un extraño tipo de meditador.

El árbol le enseño lo que era la felicidad. Cuando él le preguntó cómo podía ser feliz sin moverse el árbol le contestó: «¿acaso crees que eres tú el que se mueve? Puedes pensar también que es el mundo el que se mueve cada vez que una parte de ti marca una intención. Imagina por un instante que cada vez que adelantas tu pie derecho para andar, el mundo se desplaza hacia atrás para atraer lo que tú vas buscando».

Así era como una planta interpretaba el movimiento. Se sentían ejes del universo, percibiendo con una intensidad total el movimiento de todo lo que las rodeaba. Le pidió una demostración de su teoría y Tristán lo invitó a sentarse junto a él para sentirlo.

Se sentó y sintió, sintió el calor del sol que le hacía variar la temperatura de su piel y las pulsaciones de su corazón. Su visión, ahora cerrada por los párpados que seguían empeñados en frenar la luz exterior para dar paso a la luz interior, se enrojecía víctima de la energía que manaba ahora por todas sus venas frente al sol que los juzgaba. Solemnes, árbol y hombre, hombre y árbol, se distinguían por no ejecutar el más mínimo movimiento voluntario. Tan solo el viento que ocasionalmente les venía a visitar, movía las ramas y hojas más jóvenes de Tristán y los cabellos de él ya abandonados al crecer sin límites.

En ese momento tan especial sintió no sólo como el viento y el resto de complicaciones de dios se movían, todo era movimiento, también sintió el universo entero girar y envolverle a él y a las energías que lo formaban en espirales diferentes y sutiles que le hacían perder la conciencia de su propia materialidad.

Se sintió tranquilo mientras aquello ocurría. También percibió que una parte de su cuerpo se encontraba ligada al suelo en el que estaba sentado y la otra, disparaba sus ilusiones hasta el cielo en busca del aliento divino que le alimentaba el alma.

Se sintió árbol por un momento, por unos instantes que pudieron ser eternos y en ese momento eterno comprendió lo efímero de lo tangible y lo maravilloso a la vez de ser consciente de cada segundo de ese estado de la energía, consciente de ser energía y a la vez consciente la energía de ser hombre. Habló directamente con dios, que le sonreía en cada fluir en el que se sentía inmerso. No existían las cuestiones, las palabras, las discusiones. No había nada. Un enorme vacío lleno de felicidad en la que una simple ráfaga de viento envuelta del amor de lo divino le hacía comprender tantas cosas y tantas otras que no se atrevía a denominar.

Su alma se calentó y se dispersó para volverse a unir en un abrazo de sentimientos bellos y agradecidos por estar allí, por disfrutar de la experiencia de sentir a dios y sentir el maravilloso universo, implacable a veces, pero magnífica obra inabarcable por su pensamiento. Sólo el corazón disponía de magnitud suficiente para almacenar las certezas que aquella experiencia le había proporcionado. Quedó liberado de la existencia material para comprender que su alma era inmortal y que la vida le había sido entregada para comprenderse a sí mismo y para sentir que otras corrientes fluían junto a la suya, aunque la más cercana fuese un árbol, un maestro o un ángel.

Después de aquella experiencia de lo divino, el diálogo de Tristán decayó un poco. Ya sobraban también los diálogos. Ahora sólo necesitaban sentirse uno al lado del otro y no existían problemas que comentar ni pérdidas que llorar. Ya sabían que no hay pérdidas porque no hay ganancias. Solo hay impermanencia y cambio en el que lo mutable accede a comprenderse a sí mismo y lo que le rodea. Desde ese punto, el universo entero tenía un sentido.

Aquella mañana, cuando llegó al pequeño bosque, el alma se le rompió. Su amigo, su compañero de aventuras en el terreno de lo divino había fallecido, alguien decidió quemar sus raíces y su tronco para evitarle existir. Alguien que seguramente no podía oírse ni a él mismo. No podía soportar esa pérdida, aunque se recordaba a sí mismo una y otra vez sus experiencias, el vacío tan grande resultaba insoportable. Volvió a llorar como no había llorado desde la muerte de su madre. Imaginó el sufrimiento que debió albergar al arder, el difícil tránsito hacia otra vida menos difícil.

Lo quería imaginar, bello, hermoso, con sus hojas brillantes y su tronco y raíces envolviéndolo a él cada vez más. Pero ya sólo quedaba un enorme montón de negro. Sólo podía sentir vacío. Él ya no estaba allí, Rosa tampoco, la muerte se había abierto paso y una vez más le había comunicado la impermanencia que nos corrompe el existir.

Se marchó dolorido a su casa. Ahora estaba enfadado. No entendía por qué le había ocurrido aquello. Quería morir también, la vida ya no tenía ningún sentido. Ahora no había ningún amigo que calmara su sufrir existencial y que le diera las respuestas que diariamente necesita el corazón para reafirmarse en su empeño de latir.

Se sentó frente a su casa y permaneció allí durante días, sentado. Algunas personas se preocuparon y llamaron a la policía que llegó para asistirlo y lo encontró silencioso, con la mirada perdida. Con el aliento apagado y el corazón enfadado.

Tuvo que volver al interior de su piso, al interior de su trabajo. Tuvo que volver a codearse con los mismos que podían haber perpetrado la muerte de su amigo. Quería vengarse, necesitaba justicia.

No carecía de intenciones, pero le despertó un suave olor en la ventana de su dormitorio, la noche en que entraba la primavera escapando ya de las fauces de un invierno demasiado largo para otros. Ese olor llevaba mensajes, llevaba almas y felicidades. Era el olor del amor por su amigo, el olor de las plantas que lloraron también su pérdida que no fue tal. El olor le inundó el pecho de lágrimas reprimidas que salieron en desbandada alentadas por la felicidad segura de su amor. La primavera era aún más intensa que la interior. Su amigo estaba en ella, estaba en cada pequeña y cálida brisa que le acariciaría en las mañanas en que paseara para dar las gracias a dios por todo. En ese olor estaba Rosa, dormida junto a Tristán. Ambos navegaban en las felicidades del recuerdo y se contentaban con la felicidad que habían vivido juntos para ahora detenerse por un instante en la ventana de su amigo.

Disfrutó de su compañía durante muchos años hasta que el paso del tiempo le debilitó definitivamente el corazón material que lo soportaba. Supo perfectamente el momento de partir y quiso hacerlo junto al que había sido su guía, su mentor en los caminos del espíritu. Volvió al pequeño bosque y se recostó en el espacio que un día ocupó su amigo del alma. Recordó momentos del pasado vividos junto a él y en ese recuerdo le llegó el sueño que habría de subirle el alma y el espíritu a lo más alto del cielo, justo a la sombra de un enorme Ficus que adornaba de verde el paraíso de su pensamiento puro y lleno de amor.

 

 
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