| Energía, consciencia y artes marciales |
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ENERGÍA, CONSCIENCIA Y ARTES MARCIALES Somos
energía, a veces lo pensamos y otras veces lo sentimos, pero ¿sabe la energía
que ella y yo somos uno?
No entraremos a definir lo mil veces definido en muchas obras de carácter mucho más concreto que la presente. No obstante, no podemos pasar por alto este concepto que sustenta, a modo de pilares, el desarrollo del arte marcial. El término energía es excesivamente ambiguo para poder disertar sobre él y concretar significados que nos permitan integrar en nuestra práctica la esencia de dicho término. ¿Qué es la energía, ki o Qi? Quizá las respuestas múltiples que brotan de esta pregunta se encuentran escondidas en nuestra mente pendientes de parirlas. La energía es y está en todo, nos rodea, nos mueve, nos anima, nos hace pensar, nos hace rezar, nos levanta y nos acuesta. La energía somos todos nosotros de una forma u otra. El término es ambiguo porque lo abarca todo. Pasemos por alto la fórmula E=mc² e imaginemos un principio inexistente, un principio en el que el vacío es la única realidad, y a la vez, irrealidad posible. En ese vacío subyace una conciencia indefinida e inexplicable que fluye en diferentes direcciones, llamémosle divinas o de un estado indescifrable, hacia nuestro limitado intelecto. En un determinado momento, si el concepto «momento» se puede incluir en esta pequeña disertación, las diferentes direcciones comienzan a cruzarse una y otra vez creando infinitas mezclas multidireccionales de ellas mismas y que comienzan a obtener una densidad incalculable. Al ser, todas éstas, extensiones de la conciencia única iguales en su naturaleza, provocan que irremediablemente se genere un pulso entre sus cruces que comienza a determinar algo a lo que nosotros definimos ritmo o secuencia. Esta secuencia de conciencias comienza en sus infinitas cruces a provocar nuevas conciencias que parten de sus diferentes fusiones, igualmente incomprensibles para nuestro intelecto; tanto que incluso ellas mismas comienzan a discrepar en su propia naturaleza al encontrarse tan mezcladas que apenas se reconocen a sí mismas. Tan sólo el centro del que parten y al que regresan dispone de la información que sus diferentes trayectorias les transmite. Las densidades y los ritmos de sus infinitos viajes se multiplican hasta un punto en el que son capaces de generar lo que entendemos como materia, que no es otra cosa que la interpretación de un tipo determinado de energía, o llamémosle trayectorias de la conciencia sutil universal, que han dejado de comprenderse a sí mismas.
¿Cómo? A través de la práctica marcial, a través del correcto entendimiento de cómo me muevo, como interactúa mi cuerpo en sus desplazamientos y en sus quietudes con las energías del entorno. Cómo se mueve mi mente y cómo armonizo el movimiento de mi cuerpo y de mi mente en un mismo pulso, en un mismo latido que comience a desnudar el nudo de las infinitas conciencias que en sus infinitos vaivenes me conforman. Para ello, resulta imprescindible defraudar una vez más a nuestro razonamiento, proceso que no es más que el intento de algo externo de comprender algo interno por medio de factores que, en realidad, no intervienen en la producción del milagro de la vida tal y como la conocemos. Esto resulta tan difícil de comprender como lo es entender que hay preguntas que no debemos abordar, manteniendo la confianza en que sin que estas preguntas existan, pueden surgir espontáneamente certezas a modo de involuntarias respuestas a todo.
Abordar la práctica de un arte marcial en toda su profundidad comprende, como tarea, el intentar recorrer este camino de comprensiones fuera del razonamiento, por medio del trabajo físico y mental al límite. Hasta el punto de comprender, sin utilizar el pensamiento y por medio exclusivamente de la acción y de la no acción, cómo se mueve esta energía en nosotros y nos crea constantemente, partiendo de nosotros y fluyendo hacia nosotros. |
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