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EL CONFLICTO Mi
cuerpo se estremece. Mis manos tiemblan y mi pulso, completamente acelerado,
hace que mi cabeza palpite mientras noto cómo el cuerpo se pone rígido y los
músculos de toda mi anatomía están plenos de tensión. En ese instante puedo
oír: «lo siento, usted perdone»,
y todas mis reacciones corporales se desmontan. Mis piernas tiemblan ahora sin
fuerza y mi corazón pide espacio para poder latir tranquilo. El conflicto ha
pasado. Los motivos que nos llevan a una
situación de conflicto pueden ser muchos y muy diferentes entre sí. Básicamente
el conflicto surge de la existencia de dos oposiciones. Podemos pensar que
discutir verbalmente es una forma de conflicto, pero verdaderamente puede ser
simplemente el principio del mismo.
También puede existir el conflicto
sin que medie palabra entre la acción y la reacción. La lucha en sí carece de sentido
en la mayoría de los casos. No deja de ser una reacción desproporcionada de dos
personas que tienen miedo por su inferioridad o por la inferioridad de sus
ideas o argumentos frente a la de los otros. El conflicto, por lo tanto, existe
de una forma constante en las relaciones humanas, es su magnitud lo que determina
la importancia y las repercusiones que puede abarcar. Si entendemos la disputa como algo
puramente físico, veremos que sus raíces no tienen por qué serlo y que, en la
mayoría de los casos, los momentos conflictivos surgen del mundo de las ideas y
de sus expresiones. Vamos a analizar qué nos hace
discutir, qué aspectos de nuestra vida o nuestras acciones provocan una
situación de enfrentamiento que puede o no ser solventada por medio
exclusivamente de la palabra. Si comprendemos que una situación
puede tener diferentes puntos de vista, podremos comprender del mismo modo que
pueden existir diferentes verdades para un acontecimiento determinado. La
voluntad de imponer nuestra verdad nos lleva a crear de manera inevitable lo oportuno
en los partidarios de las otras verdades. La incapacidad del individuo para
asumir esas otras verdades y, en su caso, la inferioridad de la nuestra nos
lleva irrevocablemente a discutir. Podemos pues afirmar que la
mayoría de acciones de desplante están provocadas por el usual desgobierno de
nuestro propio ego. El ego, parte tan importante de estudio dentro de las artes
marciales tradicionales, es el bastión en el que se atrincheran nuestras peores
características junto con algunas que pueden ser de utilidad; no por la propia
naturaleza del ego en sí misma, sino por la incapacidad de nuestros espíritus
de gobernar lo que es una herramienta para nuestra supervivencia. Pelear es enfrentar una parte de
nosotros con la de otra persona. El conflicto por acciones, por ideas, por
acontecimientos excepcionales, en muchas ocasiones se puede dirimir si hacemos
un uso apropiado de nuestro ego, en algunos casos haciendo caso omiso de lo que
nos dicta y en otras, comprendiendo los mecanismos que lo constituyen. Si analizamos detalladamente la
importancia de imponer nuestras tesis frente a las de otros, veremos que lo que
de verdad nos motiva en dicha oposición no es más que la parte de nosotros que
quiere sentirse superior al resto. La comprensión de que somos diferentes
partes de un todo, devuelve al ego la magnitud que le debe corresponder dentro
de nuestras vidas. Somos individuos pero también somos elementos indisociables
del grupo que nos rodea, coexistimos y para ello necesitamos reglas. Estas
reglas deben regirse por el sentido común de sentirnos comunes. Por las pautas
que las artes marciales nos repiten una y otra vez desde sus numerosos estilos. Somos un todo y aunque el
conflicto en sí mismo pervive en nuestra naturaleza como un instrumento de
equilibrio de energías, en la mayoría de los casos, está desvirtuado por la
intervención de la idea que tenemos de nosotros mismos, como individuos
invencibles o principales de una historia que no somos capaces de escribir. No obstante, el conflicto puede
surgir simplemente por la intención de un tercero de conquistar algo que nos
pertenece. Al margen del análisis que el concepto de posesión precisaría a
partir de este razonamiento, debemos comprender que, en la sociedad en la que
nos desenvolvemos y de acuerdo con sus estrictas normas sociales para la
convivencia, la defensa de nuestras pertenencias, materiales o inmateriales,
debe primar para la garantía de nuestra supervivencia. Entiendo que el hombre es el
resultado de un proceso de supervivencia constante, que ha ido superando en el
transcurso de los milenios y, por lo tanto, para subsistir debemos
defender lo que nos pertenece por esfuerzo, por herencia o por circunstancias
ajenas a nosotros mismos. Paralelo a este razonamiento deberíamos desarrollar
el de la generosidad que debería permitirnos equilibrar el concepto de
posesión, tildado en ocasiones como negativo pero a veces imprescindible para
la supervivencia del individuo. Cuando nuestro espacio vital,
nuestras pertenencias materiales, nuestro entorno afectivo pueden sufrir un
daño, el conflicto está creado ya en sí mismo y nuestra única opción es
zanjarlo. Para ello debemos utilizar los recursos necesarios partiendo en una
línea de graduación de menos a más, adaptada siempre a las características de
la intención de la persona que ha generado el conflicto. La primera línea de defensa es la
palabra. Pero la palabra no sirve cuando la puerta del diálogo permanece cerrada.
En ese caso sólo resta actuar. Cuando la acción que nos llega viene cargada de
intención, nuestra intención en solventar el conflicto debe ser superior. En
ambos casos, tratándose de energías de similar frecuencia, se impondrá
inevitablemente la de mayor vibración. También debemos asumir la reacción
que nuestra acción va a generar. Lo que los budistas llaman Karma, o la ley de
causa y efecto. No debemos razonar sobre ello durante la acción ya que será un
elemento perturbador de nuestra capacidad técnica para solventarla. Simplemente
debemos asumir que el conflicto se ha generado, que las causas nos llegan de
fuera y que nuestra acción para zanjar dicho conflicto lleva aparejada una
serie de acciones venideras, que deberemos también solventar como partes
distantes pero conectadas al conflicto. Si pensamos en una batalla, su
resultado lleva implícito no sólo la victoria, también representa el seguro
fallecimiento de parte de nuestro ejército, el fallecimiento de inocentes
salpicados por el trance y la futura réplica de los supervivientes que no
olvidarán el daño que hemos causado para obtener la victoria. Se trata de una
espiral de muy difícil solución, lo cual debe hacernos recapacitar sobre la
necesidad de entrar o no voluntariamente en ella. Siempre que podamos
evitarlas, habremos ganado una batalla sin condiciones posteriores. Cuando el
entrar sea inevitable, debemos asumir todas las consecuencias de nuestra acción
desde el principio mismo hasta el final. |
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