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Las Artes Marciales y la vida diaria PDF Imprimir E-Mail

LAS ARTES MARCIALES Y LA VIDA DIARIA

 

Me levanto, desayuno, voy al trabajo, almuerzo, sigo trabajando, regreso a casa y convivo durante unas horas, después duermo hasta volver a levantarme. A veces la peor condena es la propia existencia carente de lo inesperado.

 

 

Vivimos fuera de la naturaleza por completo. Nuestra vida está saturada de comodidades que facilitan nuestra existencia, o al menos eso creemos. Vivimos para consumir, consumimos porque otros precisan que lo hagamos para que ellos puedan vivir mejor. A su vez nuestras vidas se tornan monótonas, distorsionadas de la realidad que otras culturas viven en el día a día.

 

Creemos que el progreso, en sí mismo, es poder disponer de un vehículo, tener trabajo, tener una casa y familia; creemos que el progreso es el fin mismo de nuestras vidas, pero ¿nos sirve a nosotros el progreso o somos nosotros sus siervos?

 

En este entorno en el que sería preciso reflexionar sobre nuestra actuación vital diaria, las artes marciales juegan un papel importantísimo en mantener viva una parte de nosotros. No pensamos que la práctica de las artes marciales pueda ayudar a la existencia diaria de forma alguna, o quizá sí lo pensemos, pero tenemos que preguntarnos de qué forma lo hace.

 

El estudio de los estilos antiguos nos lleva a comprender las mentes de las personas que los crearon. La creación de un arte marcial obedece a la necesidad de poder mantenerse con vida en una situación de disputa física con otra u otras personas. Esta necesidad, otrora tan latente, se duerme entre los convencionalismos sociales implantados en nuestra actualidad. Pero la violencia sigue existiendo en nuestro interior. Somos luchadores, cazadores cuyo instinto, en la mayoría de los casos, duerme plácidamente el sueño de la civilización moderna.

 

Me he planteado en ocasiones que puede ser un error mantener con vida este instinto de supervivencia física a través de la violencia en vez de dejarlo desaparecer del todo. Esa es la eterna discusión sobre la existencia o inexistencia de guerras, de haber o no haber ejércitos. Ahora no creo en esa disertación. El ser humano no puede erradicar su violencia por la simple razón de que él es una forma de energía violenta que domina o intenta dominar. El estudio de las artes marciales es una forma de comprender nuestras violencias y aprender a gobernarlas mientras somos capaces de respetar las acciones de otros, con la proporción oportuna a la energía que se nos proyecta.

 

Encontramos anuncios de periódicos que nos informan que un individuo ha matado a otro en un altercado de tráfico o que una mujer ha muerto a manos de su marido en una discusión. Esto es el resultado de negar la existencia de algo que está y que, con el detonante oportuno, surgirá de una forma catastrófica, de no enfrentarnos previamente a la necesidad de aprender a detectar los detonantes y aplicar el razonamiento necesario para diluir sus consecuencias.

 

Explotamos, sí, pero... ¿cuántas veces nos enfrentamos a estas detonaciones a lo largo del día? Muchas que no son expresadas, en muchos casos reprimidas antes de que salgan. En la práctica marcial exponemos delante de nosotros todos estos argumentos y los trabajamos, siempre de la mano de un buen instructor que nos ofrece con claridad la dureza de la situación.

 

No podemos permitirnos el lujo de pasar por alto algo tan importante como la aplicación de los más profundos conceptos de las artes marciales a la vida que nos ocupa, porque es el camino para la convivencia, para la tolerancia de los demás que también somos nosotros mismos. Para ser balanzas de una sociedad en constante desequilibrio y para implantar fórmulas de pensamiento controladas en situaciones de desequilibrio emocional provocadas, sin lugar a dudas, por el desenfreno vital que nos rodea carente de cualquier tipo de valores.

 

 
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