| El entrenamiento |
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EL ENTRENAMIENTO El sudor cae por mi frente y siento
lentamente como va recorriendo caminos de mi cuerpo que mi mente intuye en
otros niveles de mi existencia. En ese instante comprendo que el momento del
esfuerzo ha sido necesario y me regocijo en las sutiles energías que me
recorren fruto del trabajo realizado. Caminar en una
dirección para llegar a un lugar concreto. Esto no deja de ser caminar, acción
que entraña mil significados. Los objetivos que buscamos no vienen solos a
nuestras intenciones de alcanzarlos. Tampoco llegarán por el simple hecho de
andar el camino. Debemos andarlo con la fe, con la ilusión, con la intuición
plena de que hacerlo es lo correcto. Debemos andarlo con el amor que se merece
algo que nos reporta felicidad. Debemos aprovechar el tiempo que tenemos antes
de que llegue la noche para ir recorriendo la ruta que nos llevará a nuestro
destino. ¿Cómo no entrenar
constantemente? ¿Cómo dejar que el camino se dilate día a día mientras retraso
el momento de dar el primer paso? Entrenar es un
momento para el trabajo duro. Es el instante en el que movilizamos a voluntad
nuestras energías e invertimos el cien por cien de nuestra conciencia con un
fin, por medio del trabajo físico, mental y energético. Todo carecería de
sentido o quedaría supeditado exclusivamente al mundo de las ideas, si no
tuviésemos la capacidad de contrastar nuestras intuiciones y pensamientos
involuntarios con el duro recorrido del sudor y el esfuerzo físico. Nuestra mente
precisa ser testigo de sus propias elucubraciones, nuestro cuerpo precisa
sentir los mensajes que la mente le anuncia, nuestro espíritu necesita el papel
en el que plasmar sus características para poder finalmente completar la obra
creadora del artista. La técnica no se
alcanza sólo por la voluntad de poseerla, precisa ser introducida con tesón y
paciencia, en todo momento, en todo instante. El ritmo de nuestro
cuerpo necesita momentos de ajuste con el ritmo de la naturaleza en los que
debemos someternos a la búsqueda en cuerpo y alma. Entrenar sin poner el alma
en ello es como andar perdido en el desierto, sin referencias que seguir o en
las que apoyarnos. Los antiguos
maestros entrenaban constantemente, unas veces de forma correcta, otras de
forma equivocada, pero no detenían su caminar, iban y venían para volver a ir.
Siempre en el camino, siempre interiorizando, siempre abriéndose a todo lo
correcto y siempre cerrándose a lo incorrecto. No imagino a Velásquez
preparando una sesión de pintura. La inspiración constante debe ser el motor
planificador de nuestro ejercicio. Buscamos por una parte una circulación de
energía general en el cuerpo (¿calentamiento?) para, posteriormente, utilizarla
en la búsqueda de sus naturalezas por medio de pruebas, desarrollos técnicos,
control mental y corporal. Entrenar es vivir
intensamente la filosofía que inunda nuestras vidas como artistas, es
trasladarse en el tiempo a miles de años y tomar referencias de otros seres más
sabios que, por medio de su trabajo ahora materializado en nosotros, nos
permiten unirnos a ellos en sus pasiones a través de una práctica que ha roto
las barreras del tiempo y del espacio para llevarnos a la comprensión única del
todo. Cuando piso una sala
de entrenamiento, piso un lugar determinado en el que fundiré mi cuerpo, mi
alma y mi espíritu por medio del calor de todas mis energías. Piso un templo al
dios presente en el cual me traslado al pasado para fabricar un futuro aún
inexistente. El mayor de los
secretos es el entrenamiento. Sin él no existe la progresión en ningún nivel.
Teorizar está bien para alimentar nuestra conciencia más superficial, pero
sentir, sentir mientras entrenamos es el libro de dios, que se comunica con
nosotros a través de nuestros poros abiertos por el sudor del trabajo físico
para decirnos que lo que hacemos y por qué lo hacemos es correcto. |
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