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LA PRÁCTICA MARCIAL
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EL AUTOCONTROL Piensas que eres dueño de tus actos, pero te digo
que no podrás hacer esta afirmación hasta que la vida te haya mostrado todas
las experiencias posibles durante tu existencia. ¿Estás seguro de lo que harás
en todo momento y en toda circunstancia? Si tu respuesta es afirmativa, debes
incluir en tu lista de deberes la erradicación de la certeza absoluta, esta
sólo te impedirá avanzar en el camino del guerrero. Fragmento del libro LA VIA Seguimos
creyendo que nuestro cuerpo es absolutamente obediente a todas nuestras
órdenes. Nuestra vida es un continuo caminar por sendas de diferentes
dimensiones. Unas son más angostas, otras más extensas, unas más duras, otras
más suaves pero todas guardan una relación entre ellas, todas son producto de
nuestra forma de interpretar lo que ocurre. Nuestro
pensamiento interviene en aplicar color, sabor, aroma, tacto e idea de lo que
pasa a nuestro alrededor. Los pilares de este pensamiento se hunden en la
observación de todo lo que nos rodea y en los parámetros que decidimos, o no,
incorporar a nuestra estructura de pensamiento. Eso determina, de forma
contundente, la construcción de nuestra personalidad y, por lo tanto, de
nuestros hechos. No obstante, la introducción de estos pilares en nuestra mente
no siempre es visible y a veces adquirimos hábitos sin darnos cuenta, o formas
de pensar y de actuar que, quizás en una vida, no se nos lleguen a manifestar. Pero puede
ocurrir que se manifiesten y que un día, sin saber por qué, ocurra algo que nos
trastorne demasiado y nos convierta en un juguete de una serie de reacciones
espontáneas que no llegamos a gobernar. Cuando transcurre ese suceso, nos
quedamos ridículamente preguntándonos: «por qué hemos actuado así». Algunos textos
antiguos dicen que nuestra mente es como un mono que va saltando de rama en
rama y nunca se sabe a qué rama va a saltar, podemos preverlo, intuirlo de
alguna forma, pero verdaderamente no tenemos la certeza de dónde se va a agarrar
o dónde va a caer. Existe una
parte del entrenamiento que nos permite retomar el gobierno de la acción en la
mayoría de las situaciones. Normalmente, lo relatado en el párrafo anterior
obedece a una situación extrema, una situación inusual que puede, o no, ocurrir
durante el transcurso de una vida. Este entrenamiento no se centra en incluir
el mayor número de experiencias posibles en nuestro repertorio existencial, se
trata más bien de analizar los parámetros de nuestro pensamiento que se activan
en las situaciones de violencia, desconcierto o imprevisión, sin descartar
otros que puedan tener naturalezas similares. Esto se traduce en conocernos a
nosotros mismos en esencia, descartando el ego de nuestra valoración. Desterrar
toda la imaginería que hemos elaborado durante nuestra vida sobre nosotros
mismos y concentrarnos en descubrir nuestro interior absoluto. Nuestro ego nos
puede engañar y podemos reaccionar de forma irracional, pero no deja de ser una
característica propia de esta faceta de nuestro pensamiento, el ego, la construcción
mental que hacemos de nosotros mismos. Autocontrolarnos
es sinónimo de autoconocernos. Nuestro autocontrol comienza en el momento en el
que somos capaces de desterrar nuestras ilusiones y centrarnos en nuestras
realidades. A veces, estas realidades son difíciles de asumir. En el momento
en que nuestra actuación, en una situación determinada, está condicionada por
la idea de «qué es lo que deberíamos hacer» se nos aparecen diferentes
opciones. Unas pueden ser las más lógicas, otras, obedecen a la idea que
tenemos de cómo deberíamos actuar en semejante situación. Todas ellas rompen la
reacción espontánea de nuestra esencia, nuestra verdadera forma de actuar
natural. Autocontrolarnos
debería ser el camino mediante el cual permitimos que nuestra naturaleza
interior se manifieste y, a la vez, podamos entender y comprender por qué lo
hace y cómo lo hace. En última instancia, nuestro espíritu debe decidir nuestra
forma de conducirse basándose en esos parámetros. Dado que, a
veces, la acción transcurre a tal velocidad que el pensamiento no dispone del
tiempo suficiente para determinar la actuación más correcta, debemos buscar los
sistemas que nos permitan crear un espacio de tiempo suficiente para la
reflexión pura. De la misma forma, debemos evitar brotes de acciones que no
están gobernadas por nuestra verdadera naturaleza, nuestro yo primordial
desprovisto de la tiranía de la retroproyección de
nosotros mismos. La autojustificación de lo que hacemos determina en gran
medida nuestra capacidad de llevar nuestra acción hasta sus últimas
consecuencias. Esto puede parecer una contradicción, si bien, entendamos «las
últimas consecuencias» como el final más acertado para la acción que nos
afecta. Cuando sentimos que hacemos lo correcto, resulta mucho más fácil
finalizar la acción al no existir la interferencia de la duda y el miedo al
futuro remordimiento por no haber actuado atendiendo a nuestros principios
morales, naturales o esenciales. El autocontrol
permite que seamos felices por actuar siempre conforme a lo que somos y no, a
lo que esperamos de nosotros mismos. Podremos evitar reacciones
desproporcionadas con las consecuentes espirales de reacciones excesivas que
nos afectarán. Es evidente que cuanto más fuerza empleamos en una dirección,
dado el carácter circular de todo lo existente, recibiremos la misma con la
intensidad incrementada proporcionalmente al espacio que divide nuestra acción
y su reacción. Por ello, éste debe ser un parámetro insalvable en la búsqueda
del guerrero que aspira a elevarse en la vía del espíritu puro. |
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