| La agresividad |
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LA
AGRESIVIDAD El tigre se agacha entre
las ramas de los árboles que pretenden ocultarlo, con la complicidad que la
naturaleza suele conferir a los que son superiores. En un instante explota tal
reacción, que toda la selva se para en el instante en que su rugido paraliza a
la víctima que, de forma inevitable, caerá en sus fauces. Después, el silencio
muestra que tras la tormenta siempre llega la calma. Somos
agresivos, resulta indudable. El concepto de agresividad en sí mismo implica
fuerza, rabia y, por qué no, locura. También podemos interpretar esta
agresividad como la unificación desproporcionada de todas nuestras
potencialidades en una finalidad única. Se trata de una de nuestras partes
plenamente animal. Ser agresivos es ser resolutivos utilizando todo lo que
tenemos a nuestro alcance. También podemos hablar de agresividad como un tipo
de actitud determinada que no tiene por qué confundirse con violencia. Agresividad y
determinación son palabras hermanas en lo que a voluntad de consecución se
refiere. La agresividad de un tigre se manifiesta en una lucha con su congénere
o en la caza para alimentarse. En ambos casos surge por la existencia de una
determinación contundente por lograr un objetivo. La pregunta
entonces debería ser: ¿tiene cabida la agresividad en el camino de un artista
marcial? Sin duda. Tenemos que conocer nuestra capacidad agresiva y cómo el
resto de emociones, que pueden jugar un papel importante en una situación de
supervivencia, debe ser controlado por el espíritu. Este espíritu debe ser el
general de todas nuestras fuerzas para el fin último: la supervivencia física
necesaria para alcanzar la comprensión de nuestra naturaleza como seres que
existen. Debemos
canalizar esta agresividad. En primer lugar comprender las causas que la
despiertan, analizar cuáles son correctas y cuáles son desproporcionadas, comprender
de dónde parten, si se trata de principios esenciales o factores externos
ajenos a nuestra verdadera forma de pensar o de existir. Esta limpieza mental
para depurar nuestra agresividad debe formar parte de nuestro entrenamiento
marcial. En él sacaremos esta agresividad y la analizaremos con sumo cuidado
por medio de la reflexión instantánea y con posterioridad a haberla experimentado.
No basta con
comprender nuestra propia agresividad. Debemos extender su estudio a la de
otros elementos sociales que nos rodean para poder, en el caso oportuno,
diseñar las estrategias necesarias que nos faciliten abordarla de una forma
constructiva. El trabajo
sobre esta agresividad debe fluir entre la valoración profunda que tenemos de
los conceptos de justo e injusto. Lo que a nivel subconsciente percibimos como
injusto hará, de forma bastante probable, que surja nuestro aspecto más
agresivo. A veces nuestra percepción de lo justo o injusto puede ser acertada
en extremo, pero también puede ser muy inapropiada. Esto requiere que nuestra
vida se rija por unos principios sólidos, cimentados en conceptos de justicia
correctos. Las antiguas escuelas percibían estos conceptos de una forma muy
clara, algo inexistente en el sistema legal actual, que recorre verdaderos
laberintos conceptuales para la aplicación de la justicia, a veces interpretada
por un principio social en esencia injusto. Abrirse al sentido
común es una forma de conectar con los conocimientos universales que pueden
centrar nuestra búsqueda en unos parámetros inequívocos. Para ello debemos
comprender nuestro ser interior y, por ende, al ser exterior que nos rodea y
nos conecta con el resto del universo. |
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