LA
TÉCNICA
Apunto
con el arco de la sabiduría, pero mi flecha no consigue alcanzar el blanco. Si
mi intención fue la correcta, mi espíritu fue el correcto y mi arma era la
oportuna, ¿por qué no alcancé el objetivo? Quizá la técnica para hacer fluir
todos los elementos en el camino del objetivo no fue la correcta.
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A veces, cuando discurrimos por los difíciles caminos de las respuestas
pendientes de florecer, desviamos en exceso nuestra atención hacía las
cuestiones, dejando un poco de lado algo tan importante como la forma correcta
de hacer las cosas.
Cuando hablamos de técnicas, sólo describimos un camino para llegar a un
objetivo. Nos quedamos en la superficie de todo lo que enmarca la ejecución
perfecta de una técnica marcial.
Técnica y arte son un tándem inseparable en
tanto que la una sin la otra no tiene razón de existir.
A veces la correcta ejecución de la técnica nos viene dada por el examen
exhaustivo de su diseño y su ejecución, pero al igual que ocurre con nuestro
entorno, siempre existen en exceso factores externos, que van a dificultar que
nuestra ejecución, planificada mentalmente de antemano, se corresponda con
nuestras esperanzas.
La técnica es tan importante como la voluntad y el sentido que hay que aplicar
durante su ejecución. Dentro de las posibilidades de autodefensa que nos
plantea cualquier arte marcial, está siempre escondido el secreto de la
correcta ejecución de la técnica. Pero, ¿existe un estándar que permita definir
cuál es la correcta ejecución de la técnica?
Algunas artes marciales se han aproximado más que otras a la hora de vislumbrar
estos detalles o estándares, llegando al punto de una comprensión adecuada para
concentrar aspectos de una lógica general aplicables al conjunto de técnicas
que conforman el estilo o arte marcial en cuestión.
Podemos entrar en detalles más concretos, como son:
1. Interpretar correctamente la energía del contrario.
2. Interpretar correctamente la energía propia.
3. Controlar de forma consciente el desplazamiento de nuestro centro de
gravedad.
4. Disponer de un repertorio técnico lo suficientemente extenso como para
dividir objetivos y repartirlos entre nuestras partes del cuerpo más próximas a
dicho objetivo, bien sea para defender, o bien sea para atacar.
5. Tener interiorizado, mediante un entrenamiento de repeticiones lentas y
continuadas, el sentido consciente de la técnica hasta que forme parte del
subconsciente.
6. Organizar de forma correcta las reacciones reflejas para que una u otra
técnica surjan en una u otra situación determinada.
7. Disponer del oportuno control mental para cerrar el flujo disertador de
nuestra mente en el momento de la ejecución de la técnica, impidiendo que éste
sea una interferencia para el correcto fluir de nuestros actos reflejos.
En el plano más material debemos comprender que la técnica debe ser simple,
directa y oportuna. Igualmente, debemos conocer su capacidad de convertirse en
otra técnica diferente ya que dentro de toda ejecución marcial, uno de los
factores que se encuentran en el conjunto de momentos que intervienen es la
posibilidad de que nuestra técnica no funcione.
Quizá la mejor técnica es aquella que hace desistir al oponente de su ataque
evitándole al máximo el posible daño físico, algo muy difícil, pero que debemos
buscar ya que cualquier daño que inflingimos a una persona repercute
directamente en nosotros y será, en lo sucesivo, un obstáculo en nuestro
camino.
La técnica debería ser limpia, sin daños para ambos y de una eficacia tal que,
en su ejecución, nuestro oponente comprenda de inmediato lo inútil del
enfrentamiento.
Trabajar sobre ella, sentirla, acariciar los detalles que motivan su existencia
y los caminos para que su interpretación sea efectiva, son los factores sobre
los que el artista marcial debe trabajar en pos de que este elemento que
evaluamos pase a ser un aliado en nuestra búsqueda y no, el objetivo a
conseguir.
La técnica comienza en la presencia, se intuye en la mirada, se moviliza en la
captura de la distancia y se expresa en el movimiento del cuerpo en su unión
con el de nuestro oponente, momento en el que dejamos de ser uno solo para
convertirnos en un único ser de dos cuerpos que intenta equilibrar el motivo de
su existencia compartida sin llegar a la destrucción mutua.