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FORMACIÓN Y ESTUDIO
La metodología del entrenamiento tradicional | La metodología del entrenamiento tradicional |
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| Escrito por F.J. Soriano | |
| Saturday, 04 de September de 2010 | |
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Estamos acostumbrados a
las referencias cinematográficas de lo que eran los métodos antiguos de
práctica marcial en el Kung Fu. Las imágenes de monjes
y soldados en circunstancias que exigían una preparación óptima para
materializar una venganza o para salvar un honor perdido, inundan nuestro
inconsciente de escenas heroicas en las que el protagonista asumía un
entrenamiento sobrehumano. Unas veces corría
descalzo por la montaña, otras golpeaba una pared hasta dejarse la piel impresa
en el granito; también las posiciones mantenidas en perfecta estructura desde
la mañana hasta la noche nos pintan un cuadro de sufrimiento imposible de
soportar e imprescindible para alcanzar un alto nivel de Kung Fu. Para todos aquellos que
han tenido la suerte de tocar en profundidad los estilos chinos, estas
imágenes, aunque llamativas por su intensidad, no dejan de ser un reflejo
magnificado de la real consistencia de las metodologías tradicionales chinas. El entrenamiento
tradicional no comenzaba con una destrucción del cuerpo del practicante. Lejos
de esto se intentaba desarrollar progresivamente una coraza, tanto externa como
interna, que permitiera al luchador un entrenamiento de gran intensidad que le
acercase lo máximo posible a la realidad de sus límites físicos y psíquicos. Esta visión no nos
aparta mucho de los modernos métodos de entrenamiento físico de cualquier
deporte. Las lesiones son las compañeras habituales del mal entrenamiento, de
la búsqueda fuera de los límites naturales del individuo, de las exigencias de
la mente sobre un cuerpo que aún no está en condiciones de abordar dimensiones
de acción superiores a sus reales capacidades. Nuestra motivación nos
juega, a veces, malas pasadas intentando acentuar el objetivo vinculado a nuestras
expectativas de progreso. Por este motivo, los sistemas tradicionales de Kung
Fu planteaban al iniciado una serie de trabas que le mostraran sus prisas, su
impaciencia por obtener lo que esperaban del entrenamiento. No era inusual que
un maestro rechazara el ingreso de un alumno durante años para probar su
paciencia o para mostrarle que realmente el camino de la práctica se dibujaba
paralelo al camino de la vida en la que los acontecimientos naturales discurrían
en su propio ritmo y orden. En la actualidad,
muchos occidentales realizan viajes de aprendizaje a China para obtener
conocimientos reconocidos en un periodo de tiempo de 15 o 30 días. Muchos
regresan enfadados al recibir un portazo en las narices o cuando algún maestro
real les exige inicialmente un trabajo básico y repetitivo constante durante
toda su estancia. No podemos dejar de entender a qué ritmo funciona todo esto y
debemos comprender que la exigencia de aprendizaje debería subyugarse a las
exigencias naturales de evolución y progresión dentro de la práctica de
cualquier estilo. Muchos grandes maestros
iniciaban a sus alumnos en una técnica concreta y los dejaban entrenar durante
meses, incluso años, hasta que el alumno comprendía las directrices profundas
de lo que el estilo le planteaba. Quizá comprendiendo que la esencia del Kung
Fu es el movimiento natural adaptado al contexto que nos afecta. Para desarrollar ese
movimiento natural, el practicante debía desprenderse de sus miedos, sus
ambiciones o sus expectativas. Tenía que evolucionar comprendiendo el cómo y el
porqué de una simple técnica como antesala introductoria de toda una filosofía
de la acción luchatoria. La función del maestro
era la de guía moral, humano y técnico dentro del estilo. Su misión de guardián
de las bases del estilo debía abarcar también su función como guardián de la
metodología, tanto para su transmisión como para la implantación del sistema
técnico en condiciones garantes de aplicabilidad y efectividad. Esto ocurría
desarrollando paralelamente la visión de la vida con la visión del combate. El
alumno se enfrentaba a sus reales debilidades y las compartía con el maestro
que le indicaba qué rutinas tenía que integrar en su vida para superarlas. A veces, el
entrenamiento podía consistir en realizar un trabajo de albañil, pescador o
carpintero, y buscar la esencia del movimiento corporal dentro de estas
profesiones para evolucionar la idea germinal del estilo en el contexto en el
que realmente se desarrolla la vida. El entrenamiento del
cuerpo, de la mente o de la respiración debía mantener el ritmo natural
evolutivo de cada uno de estos espacios. El cuerpo crece, se hace más robusto,
más resistente, más duro, según mantenemos en el tiempo una frecuencia
progresiva y evolutiva de propuestas de difícil acceso. Si un día el alumno
podía correr 10 minutos llegando al límite de sus fuerzas, correría esos 10
minutos hasta que la sensación de límite desapareciese. Ese era el momento de
incrementar el tiempo y el esfuerzo de la carrera. Estos métodos se
aproximan mucho a cualquier visión deportiva actual. El cuerpo obedece a
estímulos y no debe trabajar en rangos de comodidad que no excitan los procesos
de adaptabilidad del individuo. Es preciso incrementar progresivamente las
cargas de entrenamiento y transformar las rutinas, ángulos, cualidades y
ejecuciones para dar la variabilidad estimuladora que la técnica exige en su
desarrollo e interiorización. Los antiguos maestros
no eran ajenos a estas necesidades y tampoco desconocían los límites corporales
y las cuestiones a las que realmente el cuerpo era capaz de responder. El
análisis de los ciclos, la comprensión de los horarios óptimos para cada tipo
de entrenamiento, las condiciones de peligro dentro de la fatiga o el
significado exacto del concepto de dolor como antesala de un límite que pudiera
dañar al luchador, eran elementos que el maestro tenía en su mente a la hora de
desarrollar la metodología oportuna para que sus propuestas técnicas, en el
ámbito marcial, tuviesen cabida y mejorasen continuamente al portador del
estilo. Kung Fu significa
literalmente habilidad y el
desarrollo de esta habilidad requiere que el cuerpo encuentre la línea de
conexión natural entre su estructura, la intención del pensamiento, el espíritu
del luchador y la técnica del estilo. Para ello, comprender
el sentido de la defensa, cómo preparar las partes del cuerpo que debían asumir
este compromiso dentro del combate, evolucionar la dinámica de movilidad para
integrar la esquiva y el control puntual de la acción ofensiva del oponente,
eran requisitos fundamentales en el orden de introducción de los patrones
reactivos propios del estilo. La adaptación
progresiva de las zonas del cuerpo dispuestas para golpear, para agarrar, para
desgarrar o presionar, debía ir paralela a un estudio concienzudo de las zonas
de acción sobre el oponente, sus puntos débiles, sus ángulos articulares, sus
reacciones naturales en el dolor y en la presión articular o de puntos vitales.
Todo este conocimiento evolucionando dentro de una dinámica de pensamiento
oportuna para realizar el daño justo acorde a la situación, con unos preceptos
morales que impidieran al practicante convertirse exclusivamente en una potencia
destructiva. El respeto por los
valores humanos entraba en juego de manera simbólica en acciones entre alumnos
de una misma escuela, fijando unos preceptos morales repetitivos clase tras
clase, realizando un adiestramiento del control de la agresividad o en haciéndole
comprender al practicante que no era diferente a otras personas y que, por
encima del rol social que había recibido a la hora de nacer, se encontraba el
rol humano que une realmente a las personas. Todos estos elementos
fluían en un magma de aprendizaje que exigía sudor, responsabilidad,
inteligencia, fe y respeto por el maestro que se esforzaba por aportar
elementos de mejora a sus alumnos en el ámbito de lo humano. Estos métodos son tan
vigentes hoy como lo fueron antaño. Lejos el sistema de entrenamiento de las
películas en las que el humillado golpeaba al árbol hasta descascarillarse sus
propias manos, el verdadero maestro enseñaba a su alumno a tomar contacto con
la superficie del árbol, sentirlo, sentir su densidad, su rugosidad su dureza
y, lejos de aplicarse en su destrucción, propiciaba la comprensión del alumno
de la suavidad de sus nudillos, la debilidad de sus ligamentos y tendones de
las manos, la real posibilidad de autodestruir el elemento que debía sacarle de
cualquier situación de conflicto. Para ello enseñaba a su
alumno a juguetear con sus dedos, a hacer gestos de tensión con sus manos en un
orden progresivo en el tiempo y en las superficies que aplicaba progresivamente
la fuerza. Le enseñaba a mantener objetos de peso con las puntas de sus dedos o
a rozar en vasijas de barro llenas de tierra la forma en la que, célula a
célula, el cuerpo realizaba su función natural de adaptación. Estos métodos, estos sistemas,
además de endurecer sin lesiones al practicante, le mostraban el orden natural
de las cosas. Le alejaban de la visión de que las cosas se pueden conseguir de
inmediato pagando el precio oportuno. La paciencia como máxima virtud del
entrenamiento. El respeto hacia el maestro como punto de partida a aceptar un
rol de aprendiz y de apertura a las condiciones de aprendizaje real que el
estilo exigía. |


