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PENSAMIENTOS
Mente | Mente |
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| Escrito por F.J. Soriano | |
| Monday, 25 de January de 2010 | |
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Hablamos de la mente, de la práctica, de los terribles problemas que acucian a las gentes de nuestra sociedad industrializada. No tenemos más remedio a veces que concluir que industrializado es sinónimo de deshumanizado. En gran medida la presencia de valores que van mucho más allá de lo necesario para la felicidad profunda del corazón humano ha configurado, cada vez más, un mundo de difícil aceptación y de difícil comprensión. Sin embargo, nuestros problemas no nacen de nuestra dificultad para interpretar un mundo tan complejo y tan lleno de evidentes muestras de innaturalidad . No nacen de no entender. Su germen aparece de nuestra capacidad de ver que esto va mucho más allá de lo necesario. No necesitamos tanto en realidad. La avaricia imperante, las ganas de acumular para ser más en una escala ilusoria y transitoria de poder, nos llevan a una construcción social desordenada, lejos del proceso natural de la evolución del espíritu que nos anima profundamente. ¿Por qué ha ocurrido todo esto? ¿Acaso no deja de ser irónico que un elemento de nuestra naturaleza sea capaz de crear un entorno que nos aleja de ella? Esta cuestión, tan ampliamente debatida a lo largo de la historia de la humanidad, en contextos culturales muy diversos, parece no tener respuesta aceptable, parece no tener un sentido lógico que la solucione. El ser humano se ha rendido a la mera supervivencia en un camino que, sin ningún género de dudas, nos lleva a un final. Hablar aquí de final no es relativo al fin de la humanidad, me centro en afirmar que el final del espíritu, el final de nuestra conciencia más inmaterial, esa que vive más allá de las dualidades, está cercano por el sin fin de obstáculos que construimos, por nuestros modos de vida, impidiendo su emergencia. Todo es demasiado complejo y, en esa complejidad, el espíritu va perdiendo poder sobre los procesos que nos convierten en sólo eso, fórmulas matemáticas, valores estándar, estructuras medibles y proporcionadas que gobernar o desde las que gobernar. ¿Dónde queda aquí nuestro sentido? Siempre hemos caminado en esta senda de dificultades para manifestar nuestra naturaleza primordial, esa que los antiguos textos señalan en un glorioso pasado en el que nuestros ancestros vivían en árboles y se nutrían ocasionalmente de las luces del sol y la luna mientras encontraban un gozo absoluto en la observación del cielo. Nos asusta esta imagen que nos convierte irremediablemente en simios sin cerebro, entidades sin capacidad para discernir. Esta falacia de la evolución de la mente nos ha dañado hasta el extremo de no comprender que el conocimiento no está ceñido exclusivamente al terreno de la razón. La razón, como proceso, existe en el contexto material en el que nuestra manifestación ha decidido ocurrir. Razonamos para que el orden de las manifestaciones se mantenga; razonamos para que nuestra existencia tenga elementos de supervivencia en un entorno que, a veces, puede comprometer nuestro ser y estar. Le damos muchísima importancia a la vida, sin duda la vida es algo precioso y maravilloso que debemos conservar. Pero añadida a ella, también sentimos la necesidad de aceptar unas reglas del juego aparentemente inaceptables. Nuestra materia será y dejará de serlo. Existiremos en esta manifestación del espíritu para luego desaparecer. ¿Dónde quedarán entonces nuestras ambiciones? ¿En qué recodo del camino encontramos la pauta que nos afirma que permaneceremos siempre vivos? Quizá, el enorme esfuerzo de las religiones por vender una vida inagotable no ha hecho más que alimentar un proceso, un ego, que resulta ser en definitiva uno de los principales responsables de este estado de acontecimientos. |
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